Del molino de viento al aerogenerador moderno: una historia de evolución tecnológica

Hola amigos, hoy os traigo un poco de historia. Pero no una historia cualquiera, sino una de esas que hablan de evolución tecnológica de verdad: del molino de viento al aerogenerador moderno.

La he preparado como un ejercicio personal, jugando y experimentando con técnicas de prompt engineering (de eso ya os hablaré otro día con calma). Y la verdad es que el resultado me ha parecido lo suficientemente interesante como para compartirlo.

Más allá de la herramienta, lo que me ha gustado es el viaje: cómo una misma idea —aprovechar el viento— se ha ido adaptando a cada época, a sus límites técnicos y a su forma de entender la energía. Al final, la tecnología cambia… pero las buenas preguntas siguen siendo las mismas.

Espero que os resulte tan sugerente como a mí.

Los comienzos: el viento domado en los primeros molinos

La humanidad lleva milenios aprovechando el poder del viento. Mucho antes de que existieran los molinos, ya se usaban velas para impulsar barcos por el río Nilo hacia el 5000 a.C. Sin embargo, los primeros molinos de viento conocidos no aparecerían hasta siglos más tarde. Las evidencias apuntan a que entre los siglos VI y VIII d.C. surgió en Persia (en los territorios que hoy son Irán y Afganistán) el primer ingenio eólico utilitario. A diferencia de los molinos europeos más conocidos, aquellos pioneros persas eran de eje vertical: una serie de paletas montadas en vertical dentro de una construcción de barro, paja y madera, dispuestas en hileras dentro de un muro. Estos molinos persas (como los conservados en Nashtifan, Irán) aprovechaban los constantes vientos áridos de la región para moler grano directamente, sin necesidad de engranajes intermedios. De hecho, el texto más antiguo que menciona un molino de viento proviene del año 850, en el Libro de los ingenios mecánicos de los hermanos Banu Musa, que describe este tipo de dispositivo persa. En paralelo, hay indicios de que hacia el 200 a.C. en China también se emplearon molinos sencillos movidos por el viento para bombear agua, lo que sugiere que distintas culturas exploraron la fuerza eólica de forma independiente.

¿Para qué servían estos primeros molinos? Su función original, que les dio nombre, fue principalmente moler granos y producir harina, una tarea vital en economías agrícolas preindustriales. Antes de la mecanización, moler trigo o cebada requería un enorme esfuerzo humano o animal. La introducción de molinos –primero hidráulicos y luego eólicos– representó una revolución: liberó a personas y bestias de carga de horas extenuantes y aumentó la producción de harina drásticamente. Con el tiempo, la tecnología de los molinos se diversificó. En la antigua Roma, por ejemplo, los molinos hidráulicos (impulsados por agua) ya se empleaban no solo para moler cereal sino también para triturar minerales en la minería y cortar madera o mármol en la construcción. Es decir, el concepto de “molino” se amplió a cualquier máquina capaz de convertir una fuerza natural (viento, agua, tracción animal) en energía mecánica útil para distintas labores.

Molinos de viento y de agua a lo largo de la historia

A medida que avanzaba la historia, distintas civilizaciones perfeccionaron los molinos aprovechando la fuente de energía disponible en su entorno. Los molinos de agua (o molinos hidráulicos) habían aparecido ya hacia finales del siglo I a.C., y durante el Imperio romano se multiplicaron a lo largo de ríos y arroyos de Europa y Oriente Próximo. Estas ruedas hidráulicas convirtieron la fuerza de corrientes de agua en movimiento rotatorio, resultando ideales para moliendas más grandes y otras tareas industriales. Se estima que en su apogeo preindustrial había cientos de miles de molinos hidráulicos funcionando en Europa: alrededor de 500.000 hacia mediados del siglo XIX. Los molinos de sangre, accionados por animales de tiro (asnos, mulas o caballos) o incluso personas, también siguieron usándose en pequeña escala para tareas locales donde no había río ni viento constante.

Por su parte, los molinos de viento encontraron su nicho en regiones áridas o llanuras con brisas constantes pero sin suficientes cursos de agua. Desde Persia, la idea del molino de viento se extendió rápidamente. Hacia el siglo X, en plena Edad de Oro islámica, ya se habían difundido molinos de viento por todo Oriente Medio y Asia Central. Inicialmente estaban dedicados casi exclusivamente a la molienda de granos, pero pronto también se aplicaron para triturar minerales y otras labores industriales ligeras. Junto con los molinos hidráulicos, impulsaron la economía agrícola e industrial en tierras islámicas: se usaban para moler el grano destinado a alimentos básicos y también, en minas, para pulverizar menas metálicas. Esta tecnología viajera no tardó en llegar a Europa.

La adopción en Europa y los molinos del Quijote

Se cree que los molinos de viento llegaron a Europa occidental hacia el siglo XI o XII, posiblemente introducidos por viajeros, mercaderes y cruzados que entraron en contacto con ellos en tierra santa. Los registros más antiguos en territorio europeo mencionan molinos de viento en la zona de Tarragona, España, alrededor del año 1000, y poco después en Portugal (citado por el poeta Ibn Mucana cerca de Lisboa) hacia la misma época. A finales del siglo XII ya se documentan molinos de viento de eje horizontal en Flandes, Inglaterra y Normandía. Europa hizo suyo el invento y desarrolló sus propias variantes: desde molinos mediterráneos (comunes en España, Italia y el sur de Francia) hasta los clásicos molinos del norte europeo, en el triángulo de Bretaña-Inglaterra-Países Bajos. Estas dos corrientes dieron lugar a tipologías distintas: en el sur peninsular, por ejemplo, eran típicos molinos de torre baja con velas latinas (lonas triangulares) como los que aún se ven en Cartagena; en el norte, altas torres de madera u piedra con tejados giratorios y grandes aspas de madera.

Fue en los Países Bajos donde el molino de viento alcanzó un esplendor particular. Los neerlandeses, a partir del siglo XV-XVI, refinaron el diseño y lo adaptaron para un propósito crítico en su geografía: drenar agua de lagos y pantanos para ganar tierras al mar. Cientos de molinos de drenaje trabajaban en conjunto moviendo norias y bombas para desecar pólders. De hecho, se estima que hacia 1850 había unos 10.000 molinos de viento en uso en los Países Bajos, muchos dedicados al bombeo de agua. Regiones como el distrito de Zaan, cerca de Ámsterdam, se convirtieron en las primeras áreas industrializadas del mundo impulsadas por el viento: hacia el siglo XVIII tardío allí funcionaban unas 600 industrias eólicas, entre aserraderos, molinos de aceite, tintes, mostaza, papel, etc., todos ellos accionados por el viento. No es casualidad que el molino de viento haya quedado como ícono cultural holandés, símbolo de la ingeniosidad para aprovechar los elementos naturales.

En España, la imagen del molino de viento quedó inmortalizada en la literatura por Don Quijote de la Mancha. A mediados del siglo XVI ya abundaban los molinos en zonas como La Mancha, erigidos en cerros ventosos para suplir la escasez de molinos de agua durante las sequías. Tres de los molinos que aún hoy coronan el Cerro de Criptana datan precisamente del siglo XVI. Cervantes, en su novela de 1605, hace que el ingenioso hidalgo confunda aquellos “gigantes” de aspas rotantes con adversarios a vencer, dando lugar a la famosa metáfora de “luchar contra molinos de viento”. Los molinos del Campo de Criptana (Ciudad Real) y otros cercanos inspiraron esa escena y aún se conservan como patrimonio histórico. Estos molinos manchegos, al igual que otros europeos, tenían una estructura de torre de mampostería con un tejado cónico de madera capaz de girar para orientar las aspas según la dirección del viento. Sus largas aspas movían un engranaje interior conectado a pesadas muelas de piedra, con las que molturaban trigo para hacer harina. Algunos también se adaptaron para bombear agua de pozos, especialmente en la árida meseta sur.

Molinos de viento históricos, como estos en La Mancha (España), se empleaban principalmente para moler granos y a veces para bombear agua, siendo un pilar de la economía rural preindustrial.

Hacia el siglo XVIII-XIX, los molinos de viento alcanzaron su apogeo numérico en Europa. Se calcula que llegaron a existir unos 200.000 molinos de viento en el continente en la primera mitad del siglo XIX. Aun así, eran menos que los hidráulicos (más de medio millón) porque el agua seguía siendo una fuente de energía más fiable en muchas regiones. Los molinos eólicos prosperaron sobre todo donde escaseaba el agua o en climas fríos donde los ríos se helaban en invierno. Gracias a ellos, comunidades enteras podían moler su grano todo el año e incluso accionar talleres artesanales. En Campo de Criptana, por ejemplo, llegó a haber 34 molinos de viento operativos a mediados del siglo XVIII. Y aún en el siglo XIX, molinos manchegos siguieron moliendo –sobre todo piensos para ganado– hasta bien entrado el año 1950, resistiendo a pesar de la llegada de nuevas tecnologías.

Revolución industrial: declive y legado de los viejos molinos

La segunda mitad del siglo XIX trajo cambios drásticos. Con la Revolución Industrial, nuevas fuentes de energía y máquinas más potentes relegaron paulatinamente a los molinos tradicionales. La máquina de vapor, alimentada por carbón, podía trabajar en cualquier momento y lugar, sin depender del capricho del viento o del caudal de un río. Más tarde, los motores de combustión interna y la electricidad completaron el relevo. Por ello, desde mediados del siglo XIX el número de molinos en funcionamiento comenzó a descender en toda Europa. Muchos molinos de viento cesaron actividad o fueron demolidos hacia finales del XIX, aunque en regiones aisladas continuaron operando algunos ejemplares hasta entrado el siglo XX, como vimos en España.

No obstante, el legado tecnológica de los molinos no desapareció por completo. En lugares como las vastas llanuras de Norteamérica, adonde llegaron colonos europeos en los siglos XVIII y XIX, la idea del molino de viento encontró un nuevo campo de aplicación. Las granjas y ranchos dispersos en el oeste estadounidense necesitaban extraer agua de pozos profundos para el ganado y el riego. Así nació el clásico molino de viento multipala americano a partir de mediados del siglo XIX. Estos molinos, de apariencia inconfundible con sus muchas aspas metálicas, fueron un invento crucial: podían bombear agua automáticamente y con poco mantenimiento, algo vital en las praderas semiáridas. Hacia finales del siglo XIX se habían extendido “molinos de granja” de este tipo por todo el mundo, desde Argentina hasta Australia, convirtiéndose en símbolo del paisaje rural en muchas regiones. Sus características –robustez, auto-orientación al viento, capacidad de arranque con brisas suaves– sirvieron de inspiración años después para los primeros aerogeneradores. De hecho, algunos modelos modernos heredaron el mecanismo de orientación automática mediante veleta de aquellos molinos multipala.

En paralelo, en las últimas décadas del siglo XIX, mientras la era industrial florecía, surgió un nuevo objetivo para los molinos de viento: generar energía eléctrica. Es aquí cuando comienza la transición del viejo molino al aerogenerador moderno.

Nace la energía eólica moderna: los primeros aerogeneradores

Con el descubrimiento de la electricidad y el desarrollo de los primeros generadores eléctricos, varios inventores visionarios a finales del siglo XIX intentaron casar ambas tecnologías: el molino de viento de toda la vida con la producción de corriente eléctrica. El resultado serían las primeras turbinas eólicas (aerogeneradores primitivos).

El primer logro llegó en la década de 1880. En 1887, casi simultáneamente, dos pioneros construyeron turbinas eólicas experimentales en lados opuestos del Atlántico. En Escocia, el profesor James Blyth levantó en julio de 1887 un pequeño aerogenerador de velas de tela en el jardín de su casa de vacaciones (en Marykirk) y logró cargar con él baterías para iluminar su cabaña –siendo probablemente la primera vivienda del mundo alimentada por viento. Por desgracia, cuando ofreció abastecer con su invento la iluminación pública de la aldea, los habitantes rechazaron la “electricidad gratis” por superstición, considerándola obra del diablo. Casi al mismo tiempo, en Estados Unidos, el inventor Charles F. Brush diseñó un dispositivo mucho más ambicioso. En diciembre de 1887 completó (y puso en marcha en 1888) lo que hoy se reconoce como la primera turbina eólica para generación eléctrica en la historia. La máquina de Brush era monumental: un monstruo de 17 metros de diámetro de rotor, equipado con 144 palas de madera de cedro. Montado sobre una torre de 18 metros en su finca de Cleveland (Ohio), aquel molino eléctrico accionaba un dínamo de continua. A pesar de su tamaño colosal, generaba apenas 12 kW de potencia máxima. Su multitud de palas (inspiradas en las ruedas eólicas multipala de los ranchos) lo hacían girar lentamente y con baja eficiencia. Aun así, el aerogenerador de Brush funcionó ininterrumpidamente durante 20 años, cargando un banco de baterías en el sótano de su mansión y alimentando así algunas luces de su propiedad. El experimento demostró que era posible obtener electricidad útil del viento, aunque reveló también las limitaciones de eficiencia de los primeros diseños.

Pocos años después, en Dinamarca, otro ilustre científico tomó la posta eólica. El profesor Poul la Cour, tras estudiar los prototipos de la época, concluyó que para producir electricidad era mejor usar menos palas y más velocidad de rotación. La Cour, que además era meteorólogo, empezó a experimentar en la década de 1890 con molinos de viento aerodinámicos en la escuela de Askov. En 1899 construyó lo que muchos consideran el primer aerogenerador “moderno”, dotado de un rotor de solo cuatro palas (mucho más parecido a los clásicos molinos europeos) y acoplado a un generador eléctrico. Con ese diseño más esbelto, logró mayores velocidades de giro y mejor rendimiento. La turbina de la Cour alimentaba un electrolizador para producir hidrógeno destinado a lámparas (antecesor lejano de las “pilas de combustible” actuales). Los éxitos de la Cour cimentaron la escuela danesa de energía eólica: para 1908 Dinamarca ya contaba con 72 generadores eólicos operativos, con potencias entre 5 y 25 kW, diseminados en cooperativas agrícolas que buscaban autoabastecimiento. El propio la Cour fundó una sociedad de entusiastas de la energía eólica y sentó las bases teóricas que luego se popularizarían.

Mientras tanto, la teoría fundamental también avanzaba. En 1919, el físico alemán Albert Betz formuló la Ley de Betz, que establece el límite máximo de eficiencia en la conversión de energía eólica por una turbina (un 59.3%). Este principio científico resultó crucial para el diseño de futuros aerogeneradores.

Progresos en el siglo XX: hacia las turbinas gigantes

El siglo XX vio altibajos en la carrera de la energía eólica. Tras el impulso inicial de finales del XIX y principios del XX (liderado por los daneses), la expansión de la red eléctrica convencional y el abaratamiento del petróleo frenaron durante un tiempo el desarrollo de aerogeneradores. No obstante, en regiones remotas sin acceso a redes eléctricas, los molinos de viento seguían siendo la opción más viable para obtener electricidad. Durante la década de 1930, por ejemplo, miles de granjas en las praderas de Estados Unidos usaban pequeños aerogeneradores para cargar baterías de radio e iluminación (los conocidos como “wind chargers”), ya que las líneas eléctricas aún no llegaban a zonas rurales dispersas.

El siguiente gran hito llegó en plena Segunda Guerra Mundial. En 1941, Estados Unidos inauguró la primera turbina eólica de escala verdaderamente industrial: la gigantesca Smith-Putnam. Diseñada por el ingeniero Palmer C. Putnam, esta turbina experimental se instaló en una colina de Castleton, Vermont. Tenía dos palas metálicas de 37 metros de largo cada una (diámetro ~75 m) y una potencia nominal de 1,25 MW, superando por primera vez la barrera del megavatio. La hazaña técnica era enorme para su época: la turbina contaba con mecanismos de control de paso en las palas y era capaz de conectarse a la red eléctrica. Lamentablemente, tras unas 1.000 horas de funcionamiento, una pala sufrió una falla catastrófica y el proyecto se detuvo. La guerra y la economía de posguerra no permitieron continuar su desarrollo, y pasarían más de 40 años hasta ver otra turbina eólica de potencia similar. Aun así, la Smith-Putnam demostró que técnicamente se podían construir aerogeneradores de gran tamaño.

En 1957, Dinamarca retomó el liderazgo con un prototipo clave: el aerogenerador de Gedser. El ingeniero Johannes Juul, discípulo de la Cour, instaló en Gedser (Dinamarca) una turbina de tres palas y 24 m de diámetro. Con 200 kW de potencia, este modelo fue revolucionario por su fiabilidad: funcionó continuamente 11 años sin fallos mayores. Juul incorporó además por primera vez un sistema de frenado automático por aerodinámica (furling) y un diseño de tres palas que resultó ser óptimo en cuanto a equilibrio de cargas y rendimiento. El aerogenerador de Gedser es considerado por muchos la primera turbina eólica moderna propiamente dicha, antepasado directo de los que hoy dominan el mercado. Su esquema de tres aspas y eje horizontal se convirtió en el estándar.

A partir de los años 60, la energía eólica quedó en segundo plano debido a la abundancia de petróleo barato. Pero los acontecimientos geopolíticos de la década de 1970 cambiaron el panorama. Las crisis del petróleo de 1973 y 1979 encarecieron los combustibles fósiles y encendieron las alarmas sobre la seguridad energética en Occidente. En respuesta, gobiernos como el de Estados Unidos (administración Carter) lanzaron programas de apoyo a energías renovables. Se considera este periodo el punto de partida de la industria eólica moderna. Varias empresas que luego serían gigantes del sector nacieron entonces: por ejemplo, la danesa Vestas (fundada en 1945, pero que orientó su negocio a turbinas en los años 70), Gamesa en España (1976, hoy parte de Siemens Gamesa) o Enercon en Alemania (1984). También surgieron fabricantes especializados en palas como LM Wind Power (Dinamarca, que empezó a producir aerogeneradores en 1978).

En California, gracias a incentivos estatales, se instalaron a inicios de los años 80 los primeros “parques eólicos” del mundo: agrupaciones de decenas de turbinas (en aquel entonces, de apenas 20 a 50 kW cada una) generando electricidad a escala comercial. Simultáneamente, la NASA y el Departamento de Energía de EE. UU. lanzaron proyectos experimentales para construir turbinas de gran tamaño (varios megavatios) como respuesta a la crisis energética. Aunque aquellas enormes turbinas prototipo de los 80 no llegaron a fabricarse en serie debido a la bajada del precio del petróleo (lo que redujo el interés y la financiación), sirvieron para desarrollar muchas de las tecnologías que hoy emplean los aerogeneradores: palas de materiales compuestos ligeros, generadores de velocidad variable, diseños aerodinámicos optimizados, sistemas electrónicos de control, etc.

Hacia fines del siglo XX, la energía eólica despegó definitivamente. Europa asumió un rol protagónico con políticas de fomento en países como Dinamarca, Alemania y España a partir de los 90. El resultado fue un crecimiento explosivo de la capacidad eólica instalada globalmente, a tasas cercanas al 25% anual en la década del 2000. La mejora tecnológica constante y las economías de escala hicieron que el costo de la electricidad eólica cayera en picado, volviéndola competitiva con fuentes convencionales. Al comenzar el siglo XXI, la eólica se consolidó como la fuente renovable de más rápida expansión en el mundo, con aerogeneradores cada vez más grandes y eficientes.

El presente: aerogeneradores gigantes y alta tecnología

Hoy en día, los molinos de viento de antaño han evolucionado hasta convertirse en colosos de ingeniería. Los modernos aerogeneradores de eje horizontal suelen tener tres palas y torres que superan fácilmente los 100 metros de altura. En tierra (onshore), las turbinas más potentes rondan los 5–6 MW, con diámetros de rotor de 150 metros o más. Pero es en el mar (offshore) donde se están batiendo todos los récords, aprovechando los espacios abiertos y vientos más fuertes.

A fecha de 2025, el aerogenerador más grande del mundo instalado es una máquina offshore en China de 20 MW de potencia. Este gigante, desarrollado por la empresa Mingyang, posee un diámetro de rotor de hasta 292 metros –casi lo que medirían diez canchas de baloncesto en fila–. Cada una de sus palas supera los 115 metros de longitud, capturando áreas inmensas de viento. Con una sola turbina es capaz de generar unos 80 millones de kWh al año, suficiente para abastecer ~100.000 personas. China y Europa compiten codo a codo en esta carrera de la mega-turbina. Fabricantes chinos como Mingyang, Goldwind o Dongfang han anunciado modelos de 16, 18 y hasta 22 MW, algunos aún en prototipo. En Europa, empresas líderes como Vestas, Siemens Gamesa y General Electric también desarrollan aerogeneradores offshore de nueva generación, en el rango de 14 a 16 MW. Un ejemplo es el GE Haliade-X de 14 MW, o el Siemens Gamesa SG 14-222DD (14 MW ampliable a 15 MW), con rotores de alrededor de 220 metros de diámetro. La danesa Vestas probó en 2023 su V236-15 MW, de 236 m de rotor, que puede generar 80 GWh anuales.

Instalación de uno de los aerogeneradores más grandes del mundo (20 MW) en Hainan, China. Esta turbina marina de Mingyang posee un rotor de 260–292 m de diámetro y ejemplifica la escala colosal de la eólica moderna

Los aerogeneradores actuales incorporan tecnología punta: palas de fibra de carbono y fibra de vidrio ligeras pero resistentes, sistemas de control por computador que orientan las turbinas al viento en tiempo real, generadores de imanes permanentes o de doble alimentación optimizados, e incluso conexiones digitales (IoT) para monitorizar su rendimiento a distancia. En el mar, además, se está avanzando en plataformas flotantes para aerogeneradores, lo que permitirá instalar turbinas en aguas profundas donde el viento es excelente pero el fondo marino no permite cimentaciones tradicionales. Proyectos piloto de eólica flotante, como Hywind en Escocia (con turbinas de 6–8 MW), han demostrado su viabilidad. España, por ejemplo, está desarrollando prototipos flotantes avanzados: la plataforma DemoSATH en el País Vasco, o W2Power en Canarias que soporta dos turbinas gemelas en una sola estructura. El horizonte técnico apunta a parques eólicos marinos cada vez más lejos de la costa, con máquinas de más de 20 MW sobre plataformas flotantes ancladas al lecho marino.

En tierra firme, aunque las dimensiones están más limitadas por el transporte de componentes (palas y torres por carretera), también se han construido turbinas de récord. Por ejemplo, la alemana Enercon lanzó en 2017 su modelo E-126 de 7,5 MW y 198 m de altura total. Cada avance en tamaño permite que un solo aerogenerador produzca más energía, aprovechando las economías de escala. Parques eólicos terrestres salpican hoy el paisaje en zonas ventosas de todo el mundo –desde las estepas patagónicas hasta las llanuras castellanas– integrándose ya como parte del panorama tecnológico rural.

A continuación, resumimos algunos hitos clave en esta trayectoria histórica de la energía eólica, desde los molinos primitivos hasta los aerogeneradores contemporáneos:

Año aprox.Hito tecnológico eólicoUbicación
650 d.C. (siglo VII)Primer molino de viento utilitario (eje vertical) – Se usan molinos de viento para moler granoGran Irán (Persia)
1180 d.C.Primer molino de viento europeo de eje horizontal documentadoFlandes (Bélgica) / Inglaterra
ca. 1600 d.C.Molinos de viento populares en Europa (p.ej. La Mancha); Don Quijote publicado en 1605 inmortaliza los molinos.España, Países Bajos, etc.
1850Apogeo de molinos tradicionales: ~200.000 molinos de viento en Europa (y 500.000 hidráulicos)Europa continental
1887–1888Primer aerogenerador eléctrico (12 kW) construido por Charles Brush; simultáneamente James Blyth ilumina su casa con eólica.Cleveland, EE. UU. / Escocia
1899Primer aerogenerador moderno (diseño de pocas palas) de Poul la Cour.Askov, Dinamarca
1941Primer aerogenerador >1 MW (1,25 MW): turbina de Putnam (fracasa tras 1000 h).Vermont, EE. UU.
1957–1967Aerogenerador de Gedser (200 kW, 24 m, tres palas) opera 11 años, precursor de diseños actuales.Gedser, Dinamarca
1970sCrisis del petróleo impulsa la industria eólica moderna; nacen fabricantes (Vestas, Gamesa, etc.).EE. UU. y Europa
1980sPrimeros parques eólicos comerciales en California; prototipos gigantes (MOD-2, WTS-4 etc.) desarrollados por NASA/DoE.California, EE. UU.
2000sExpansión global: la eólica se masifica (>100 GW instalados mundialmente hacia 2008).Global (UE, China, EE. UU.)
2024Turbina eólica más potente instalada (Mingyang MySE 20 MW); prototipos de 22–25 MW en desarrollo.Hainan, China

Diseños excéntricos y curiosidades eólicas

A lo largo de esta evolución, no todos los aerogeneradores han seguido el modelo clásico de “tres palas en torre”. Ingenieros e inventores han experimentado con diseños poco comunes, buscando solucionar problemas específicos o mejorar la eficiencia de maneras ingeniosas. Algunos de estos diseños excéntricos merecen mención:

  • Aerogeneradores de eje vertical (AEV): En lugar de un eje horizontal como los molinos tradicionales, estas turbinas giran sobre un eje vertical, como un trompo. Tienen la ventaja de no requerir orientarse al viento y de albergar el generador en la base. Se han propuesto muchos tipos: desde diseños Darrieus en forma de batidora de huevos, hasta hélices helicoidales como las de la compañía Quiet Revolution, pensadas para entornos urbanos. Aunque en general los AEV han resultado menos eficientes que los de eje horizontal, su estética y bajo ruido los han hecho populares para uso doméstico o arquitectónico. Por ejemplo, la Torre Sacyr de Madrid o el puerto de Barcelona han instalado modelos de hélice vertical discretos. Y en la búsqueda de integrarlos en el paisaje, empresas como la cántabra BarcoWM han desarrollado molinos verticales con grandes aspas rectangulares, que recuerdan más a esculturas cinéticas que a turbinas convencionales.
  • Turbinas de una o dos palas: Reducir el número de aspas abarata y aligera la máquina, pero implica retos de balance y mayores velocidades de giro. Aun así, se han construido prototipos. En España, el CEDER-CIEMAT instaló en Soria un molino de una sola pala de 250 kW del fabricante ADES. Este diseño incluye un contrapeso y un ingenioso sistema de control para compensar el desequilibrio. También hubo aerogeneradores bipala comerciales (notablemente algunos modelos de la alemana Enercon en sus inicios, o la serie Carter en EE. UU.), pero la vibración y el ruido superiores limitaron su difusión. Aun así, los diseños monopala o bipala siguen explorándose, especialmente para turbinas de tipo flotante (menos peso en lo alto de la torre es beneficioso offshore).
  • Aerogeneradores voladores: ¿Y si en vez de torre usamos un cometa o dirigible? Varios proyectos futuristas proponen turbinas que flotan a gran altitud, donde los vientos son más fuertes y constantes. Un ejemplo es el concepto MARS de Magenn Power: una turbina hinchable con forma de zepelín atada a tierra con cables que transmiten la electricidad. Otro es el Flying Electric Generator de Sky WindPower, parecido a un helicóptero cometa con cuatro rotores, capaz de elevarse cientos de metros. En los Países Bajos se investigan cometas guiadas por control automático para accionar alternadores en tierra. Incluso Google adquirió y probó un sistema de ala voladora (Proyecto Makani). Aunque todavía experimentales, estos aerogeneradores aéreos prometen acceder a la enorme energía eólica de la troposfera. Un estudio teórico sugiere que a 500 m de altura se podría obtener hasta 100 veces más energía que a nivel del suelo.
  • Turbinas sin aspas (vibratorias): Quizá el diseño más atípico es el del aerogenerador sin palas desarrollado por la startup española Vortex Bladeless. En lugar de hélices, utiliza un cilindro vertical que oscila con el viento por resonancia. Este cilindro, anclado a un resorte y a un alternador en la base, aprovecha el fenómeno de desprendimiento de vórtices (el mismo que hizo colapsar en 1940 el famoso puente de Tacoma Narrows, de ahí el nombre de su modelo “Vortex Tacoma”). Las ventajas potenciales son muchas: prácticamente silencioso, sin peligro para las aves, menos piezas móviles (y por tanto menor mantenimiento) y posibilidad de instalar múltiples unidades muy cerca entre sí sin interferencia. Además, funcionan con brisas leves y racheadas donde las turbinas convencionales no arrancarían. Aunque por ahora su eficiencia por unidad es menor y están en fase de prototipo, los Vortex han despertado enorme interés y curiosidad en todo el mundo –en parte por su peculiar aspecto cilíndrico “fálico”, que les ha valido apodos humorísticos–. Si tienen éxito, podrían abrir un nicho de minieólica doméstica en tejados y jardines urbanos donde las aspas serían impracticables.
  • Diseños híbridos y otros: También existen molinos eólicos + solar integrados, como farolas autoalimentadas que incorporan pequeños aerogeneradores helicoidales junto a paneles solares. En cuanto a extravagancias, cabe mencionar prototipos como el aerogenerador de chorro (que concentra el viento mediante un anillo difusor alrededor de las palas), o proyectos artísticos como el Wind Tree en Francia (una “árbol eólico” metálico con mini-turbinas en forma de hojas). Incluso se han reutilizado palas viejas para construir puentes, paradas de autobús y parques infantiles, dando una segunda vida creativa a estos gigantes jubilados.

Como vemos, la historia de los molinos de viento hacia los aerogeneradores modernos es una apasionante travesía de innovación humana. De aquellas rudimentarias ruedas de madera girando en el desierto persa, hasta las colosales turbinas offshore enfrentando tifones en altamar, la energía eólica ha evolucionado integrando saberes de ingenieros anónimos, molineros medievales, científicos victorianos y expertos contemporáneos. Hoy, cuando vemos girar las gigantescas aspas en el horizonte, somos testigos de un legado tecnológico milenario adaptado al siglo XXI. Y la aventura del viento continúa, impulsando un futuro energético más sostenible con la misma fuerza invisible que movía los sueños (y los molinos) del ingenioso hidalgo Don Quijote.

¡El viento, aliado del ser humano desde la Antigüedad, sigue soplando con fuerza hacia el futuro de la mano de la tecnología!


Fuentes: La información y datos presentados han sido extraídos mediante técnicas de prompt engineering de IA contrastadas y de diversas fuentes históricas y técnicas, incluyendo investigaciones recopiladas por BBVA sobre la historia de la energía eólica, la Enciclopedia de Historia Mundial (referente a molinos romanos), artículos especializados en evolución de molinos y aerogeneradores, así como reportes actuales sobre aerogeneradores de gran escala y diseños innovadores en el campo de la energía eólica.

Toni Carmona

Ingeniero Técnico Industrial con amplia experiencia como Responsable/Experto en Distribución Eléctrica. Especializado en gestión técnica, planificación de redes y Smart Grids. Interesado en divulgación técnica y en combinar conocimiento técnico y soft skills.

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