¿Rusia y USA impulsan la transición energética en España? Del coche de gasolina al enchufable

Putin, Trump y la paradoja de la electrificación europea
Putin y Trump no son los nombres que solemos asociar con la transición energética. Sin embargo, sus decisiones están dando a Europa razones adicionales para acelerar la electrificación. Lo que durante años se presentó principalmente como una política climática se ha convertido también en una cuestión de seguridad energética.
La guerras mostró el riesgo de depender del gas ruso y del petróleo de oriente medio. La política energética estadounidense nos recuerda que cambiar un proveedor exterior por otro no elimina esa dependencia.
España tiene una ventaja: dispone de recursos solares y eólicos capaces de sustituir una parte creciente de la energía que hoy importamos como petróleo y gas.
Putin cambió las prioridades europeas
La invasión rusa de Ucrania en 2022 puso de manifiesto la vulnerabilidad energética de Europa. Rusia suministraba alrededor del 45 % del gas importado por la Unión Europea en 2021. En 2025, su cuota había descendido hasta aproximadamente el 12 %.
La respuesta fue REPowerEU, un plan para reducir la dependencia de los combustibles fósiles rusos mediante nuevos proveedores, ahorro energético y mayor desarrollo de las renovables.
Europa compró gas en otros mercados, reforzó las infraestructuras de gas natural licuado (GNL) y aceleró una transición energética que ya estaba en marcha.
Putin no buscaba ese resultado, pero sus decisiones contribuyeron a que Europa empezara a considerar la producción propia de energía como un asunto estratégico.
Trump introduce otra variable
Donald Trump ha defendido el aumento de la producción estadounidense de petróleo y gas, la expansión de las exportaciones de GNL y la retirada de medidas federales de apoyo al vehículo eléctrico. También ha promovido la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París.
Al mismo tiempo, su país se ha convertido en uno de los principales suministradores de gas de Europa. En 2025 aportó aproximadamente el 26 % de las importaciones de la UE, frente al 31 % de Noruega.
El gas estadounidense ha ayudado a sustituir el suministro ruso, y disponer de varios proveedores reduce determinados riesgos. Pero Europa continúa dependiendo de compras exteriores, de los precios internacionales y de decisiones políticas que no controla.
Ahí está la segunda parte de la paradoja: diversificar suministros mejora la seguridad, aunque no equivale a necesitar menos combustible importado.
Producir aquí la energía que consumimos
Cuando compramos petróleo o gas, debemos seguir importándolo mientras lo necesitemos. Una instalación solar o eólica también requiere equipos y materiales, algunos procedentes del exterior, pero después aprovecha recursos energéticos disponibles en nuestro territorio.
Esto no garantiza una independencia absoluta. Seguiremos necesitando redes, almacenamiento, tecnologías y generación de respaldo. Sin embargo, permite reducir una dependencia que se renueva con cada compra de combustible.
España cuenta con condiciones especialmente favorables. El Plan Nacional Integrado de Energía y Clima (PNIEC) prevé para 2030 un 81 % de generación eléctrica renovable, una electrificación de la economía del 35 % y una dependencia energética exterior próxima al 50 %.
Son objetivos, no resultados conseguidos. Pero indican una dirección clara: consumir menos combustible importado y aprovechar mejor la electricidad producida en España.
Del surtidor al enchufe
El transporte representa alrededor del 40 % del consumo final de energía en España y sigue dependiendo principalmente del petróleo.
Un coche de gasolina o diésel necesita combustible durante toda su vida útil. Uno eléctrico utiliza una energía que puede generarse aquí mediante instalaciones solares, eólicas, hidráulicas y otras fuentes. Además, su motor aprovecha la energía con mayor eficiencia.
Naturalmente, no toda nuestra electricidad es renovable ni toda se produce en España. La ventaja energética aumenta a medida que crece la generación nacional y se reduce el uso de combustibles fósiles.
El PNIEC contempla alcanzar unos 5,5 millones de vehículos eléctricos en 2030. El mercado ya refleja avances: en septiembre de 2026, los eléctricos puros y los híbridos enchufables supusieron el 34 % de las matriculaciones de turismos. Entre enero y septiembre representaron el 23,8 %.
Eso no significa que un tercio del parque automovilístico sea eléctrico. Tampoco conviene confundir ambas tecnologías: un híbrido enchufable sigue consumiendo combustible cuando utiliza su motor térmico. El vehículo completamente eléctrico ofrece un mayor potencial para reducir la dependencia del petróleo.
La seguridad energética entra en la ecuación
Durante años, explicamos la transición energética sobre todo por la necesidad de reducir emisiones de CO₂. Los acontecimientos internacionales han añadido un argumento que resulta especialmente importante para Europa: disminuir nuestra exposición a los proveedores exteriores.
Rusia mostró el peligro de concentrar demasiado el abastecimiento. Estados Unidos ha contribuido a diversificarlo, pero también pone de relieve que seguimos comprando combustible fuera.
Ni Putin ni Trump se han propuesto impulsar la electrificación europea. Sus políticas, sin embargo, han reforzado indirectamente su justificación.
Para España, la conclusión es sencilla: cuanto más petróleo y gas podamos sustituir por electricidad generada dentro del país, menos dependeremos de los mercados internacionales.
Pasar del surtidor al enchufe ya no es únicamente una cuestión de emisiones. También es una forma de avanzar hacia una mayor autonomía energétic
Deja una respuesta

También te puede interesar...