Molinos, gigantes y redes sociales: anatomía de una locura ingenieril

A veces pienso que a los ingenieros de hoy nos pasa lo mismo que a Don Quijote.
No salimos por los campos de La Mancha con lanza y rocín, pero sí con el móvil y LinkedIn abiertos. Y si aquel hidalgo confundía molinos con gigantes, nosotros confundimos “influencers” con referentes, “tendencias” con soluciones y “likes” con reconocimiento.
La diferencia es que el pobre Don Quijote leía demasiados libros de caballerías… y nosotros demasiadas publicaciones sobre innovación, sostenibilidad, liderazgo o inteligencia artificial. Tanto leer —o “scrollear”, como se dice ahora— nos ha hecho perder el judici.
De los libros a los feeds
Antes, el ingeniero loco pasaba las noches estudiando planos imposibles, calculando vigas hasta que el lápiz se gastaba o soñando con máquinas que aún no existían.
Ahora, el loco moderno se queda despierto hasta las tres de la madrugada viendo vídeos sobre productividad, conferencias TED, y posts motivacionales que te dicen que puedes “hackear tu mente”.
Y claro, al día siguiente, cuando abres AutoCAD o el Excel de toda la vida, te entra una especie de desengaño quijotesco: “¿Dónde están mis gigantes digitales?”.
Lo mismo que le pasó al hidalgo cuando descubrió que sus enemigos eran solo molinos de viento.
Los nuevos caballeros del algoritmo
Vivimos rodeados de lo que podríamos llamar gigantes de aire comprimido:
- Las startups que prometen cambiar el mundo con una app.
- Los visionarios que dicen que en cinco años no habrá ingenieros, solo “creadores de soluciones”.
- Los gurús que te enseñan a liderar sin haber dirigido nunca un equipo real.
Cada feed es un campo de batalla. Y nosotros, ingenieros, cabalgamos con nuestra armadura oxidada de sentido común, lanzando razonamientos técnicos contra ejércitos de eslóganes motivacionales.
Y, en el fondo, lo hacemos porque queremos creer.
Creer que seguimos siendo los guardianes del progreso, los que entienden cómo se sostiene el mundo físico cuando todos hablan del metaverso. Pero esa fe, a veces, nos lleva a batallas absurdas: discutir sobre modas tecnológicas sin haber pisado una obra, o idealizar la digitalización sin haber calibrado un sensor en campo.
Ejemplos reales de locura ingenieril
1️⃣ El ingeniero de los PowerPoints
Aquel que se cree innovador por hacer presentaciones con fotos de satélite, pero no ha resuelto una línea de fuga ni balanceado una carga en tres años. Vive convencido de que la ingeniería se mide en “engagement”.
2️⃣ El gurú del Excel iluminado
Ese que dice que la hoja de cálculo es el futuro del control de proyectos. Pero tiene 14 pestañas, 120 fórmulas circulares y tarda cinco minutos en abrirse. Nadie entiende nada, ni él mismo.
3️⃣ El Quijote del SmartGrid
Mi favorito: el que defiende a muerte una tecnología que “ya está lista” pero que aún no ha pasado de la fase piloto. Cada vez que alguien le pregunta por el coste real, responde: “Eso lo solucionará la digitalización”.
Todos ellos, en el fondo, somos nosotros en algún momento.
Porque el límite entre el idealismo y la locura técnica es tan fino como el entrelazado de una fibra óptica.
El punto de cordura: Sancho Panza y el PLC
Frente a tanto idealismo digital, hace falta más Sancho.
Ese técnico o ingeniero de campo que, mientras los demás filosofamos sobre “el futuro del sector”, te suelta un:
“Vale, pero ¿esto funciona o no?”.
Sancho sería el PLC del alma ingenieril: no sueña, pero hace.
Y, curiosamente, sin tanto “branding personal”, mantiene el sistema en marcha.
Quizá la verdadera sabiduría técnica consista en eso: tener la cabeza llena de ideas, pero los pies en tierra y una mano en el cuadro eléctrico.
Molinos, gigantes y redes
Los molinos del siglo XXI no giran con el viento, sino con los algoritmos.
Nos empujan, nos mueven, nos entretienen… pero también nos distraen del propósito real de nuestra profesión: hacer que las cosas funcionen.
La ingeniería no necesita héroes, sino criterio.
Y un buen ingeniero no se mide por lo que postea, sino por lo que deja en pie cuando se va.
Así que la próxima vez que te sientas tentado de lanzarte contra un nuevo “gigante tecnológico”, párate un segundo.
Mira bien si es realmente un enemigo… o solo otro molino con aspas digitales.

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