Las mákinas son máquinas y la IA también; Lo demás lo ponemos nosotros

Una reflexión filosófica e ingenieril sobre nuestra relación con la inteligencia artificial, la humanización de las mákinas y las expectativas que depositamos en ellas.

Podemos humanizar nuestra relación con las máquinas, pero no deberíamos olvidar que seguimos siendo responsables de diseñarlas, comprenderlas y controlar su funcionamiento.

Al final, las máquinas son máquinas. Las películas de Spielberg son otra cosa.

Y si alguna se calienta demasiado, mejor revisar la refrigeración que preguntarle cómo se siente.

Cuando las mákinas empiezan a parecernos humanas

Durante décadas, el cine y la literatura nos han acostumbrado a imaginar máquinas capaces de pensar, sentir, decidir y comportarse como personas. Desde los robots de Spielberg hasta los actuales asistentes de inteligencia artificial, la frontera entre la apariencia humana y el funcionamiento de una máquina resulta cada vez menos evidente.

Hoy podemos hablar con una IA, pedirle consejo, discutir con ella e incluso enfadarnos cuando no comprende lo que queremos. Y cuanto más natural parece la conversación, más fácil resulta atribuirle cualidades humanas.

Este fenómeno se conoce como antropomorfización: nuestra tendencia a interpretar comportamientos no humanos como si respondieran a pensamientos, emociones o intenciones humanas.

Pero existe una diferencia fundamental entre una máquina que reproduce determinados comportamientos humanos y una persona que los experimenta.

Y esa diferencia merece una reflexión desde la ingeniería.

La apariencia no cambia la naturaleza

Imaginemos dos máquinas destinadas a limpiar el suelo.

La primera tiene aspecto humano. Camina, mueve los brazos, sostiene una fregona y reproduce los movimientos de una persona limpiando.

La segunda es un robot aspirador: un disco con ruedas, sensores, motores y cepillos que recorre la vivienda.

Ambas cumplen una función semejante, aunque mediante soluciones técnicas diferentes.

Sin embargo, nuestra percepción cambia radicalmente.

A la primera podemos atribuirle esfuerzo, dedicación o incluso cansancio. A la segunda difícilmente se nos ocurriría preguntarle cómo se encuentra después de limpiar el comedor.

La diferencia no está necesariamente en lo que hacen, sino en cómo interpretamos su apariencia.

Desde la ingeniería, las dos son sistemas diseñados para ejecutar determinadas funciones. Su valoración debería depender de su eficacia, fiabilidad, seguridad, consumo energético, mantenimiento y coste.

La filosofía introduce otra cuestión: ¿por qué necesitamos atribuir características humanas a aquello que construimos?

Quizá porque nos resulta más sencillo relacionarnos con una tecnología cuando podemos interpretarla mediante nuestros propios patrones de comportamiento.

El problema aparece cuando confundimos esa interpretación con la naturaleza del sistema.

El ejemplo de la inteligencia artificial: ¡puñeteros robots!

Con la inteligencia artificial ocurre algo parecido, pero todavía más interesante.

Ya no necesitamos fabricar un robot con ojos, brazos y piernas. Basta con que una máquina nos responda utilizando lenguaje natural para empezar a tratarla como a una persona.

Le damos instrucciones escritas o habladas, le explicamos problemas, le pedimos soluciones y esperamos que comprenda nuestras intenciones.

Y cuando no responde como esperábamos, llega la frustración.

Reconozco que más de una vez he mandado a la IA a Cuenca. Resulta desesperante explicarle algo que consideramos evidente y descubrir que ha interpretado exactamente lo contrario.

¡Puñeteros robots!

Pero aquí aparece una contradicción interesante.

Le exigimos precisión de máquina y comprensión de persona.

Queremos que cumpla nuestras instrucciones sin equivocarse y, al mismo tiempo, que adivine aquello que no hemos sabido expresar.

Desde una perspectiva técnica, un modelo de lenguaje procesa información y genera respuestas a partir de patrones aprendidos e instrucciones recibidas. Puede interpretar contextos e inferir intenciones, pero también equivocarse.

No tiene acceso directo a lo que estamos pensando.

El tono con el que nos dirigimos a él puede influir en sus respuestas, porque forma parte de la información que procesa. Pero eso no significa que experimente enfado, orgullo o satisfacción como nosotros.

Insultarlo no resuelve un problema de interpretación. Aunque, desde el punto de vista humano, reconozco que alguna vez pueda resultar desahogante.

Una lección de ingeniería: identificar dónde está realmente el problema

Como ingeniero, añadiría una consideración.

Cuando una máquina se calienta demasiado, lo razonable es estudiar su funcionamiento, reducir las condiciones que provocan el sobrecalentamiento o mejorar su sistema de refrigeración.

No tiene demasiado sentido hablarle con cariño para convencerla de que baje su temperatura.

Con la inteligencia artificial ocurre algo equivalente.

Si las respuestas son incorrectas, conviene revisar las instrucciones, proporcionar mejor contexto, comprobar los resultados o reconocer las limitaciones del sistema.

No todo error procede del usuario. También existen deficiencias de diseño, entrenamiento, funcionamiento y fiabilidad que corresponde resolver a quienes desarrollan estas tecnologías.

Esta distinción es importante porque la ingeniería trabaja con causas, efectos y soluciones verificables.

La filosofía nos ayuda a comprender por qué proyectamos intenciones sobre las máquinas. La ingeniería nos obliga a comprobar qué hacen realmente y por qué lo hacen.

Ambas disciplinas se complementan cuando evitamos confundir nuestras expectativas con las capacidades reales de la tecnología.

Menos psicología para las máquinas y más ingeniería

La inteligencia artificial seguirá evolucionando. Sus respuestas serán más naturales, sus capacidades más amplias y su presencia en nuestra vida cotidiana cada vez más habitual.

Seguramente continuará aumentando nuestra tendencia a tratar las máquinas como si fueran personas.

Pero la semejanza en el comportamiento no demuestra, por sí sola, una equivalencia en su naturaleza.

Podemos hablar con las máquinas, colaborar con ellas, aprender a utilizarlas e incluso enfadarnos cuando no funcionan como esperamos.

Lo importante es mantener clara la diferencia entre aquello que una tecnología hace y aquello que nosotros imaginamos que es.

Y, puestos a extraer una conclusión desde mi experiencia profesional, me quedo con una idea:

Podemos humanizar nuestra relación con las máquinas, pero no deberíamos olvidar que seguimos siendo responsables de diseñarlas, comprenderlas y controlar su funcionamiento.

Al final, las máquinas son máquinas. Las películas de Spielberg son otra cosa.

Y si alguna se calienta demasiado, mejor revisar la refrigeración que preguntarle cómo se siente.

Toni Carmona

Ingeniero Técnico Industrial con amplia experiencia en Distribución Eléctrica, Planificación de Red, Smart Grids y Gestión de Proyectos. Escribo sobre energía, ingeniería, liderazgo y divulgación técnica desde la experiencia profesional.

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