La inteligencia artificial y el nuevo tesoro de Rande

En el capítulo VIII de la segunda parte de Veinte mil leguas de viaje submarino, titulado «La bahía de Vigo», Julio Verne sitúa al Nautilus sobre los restos de los barcos hundidos durante la batalla de Rande.

Los tripulantes del capitán Nemo, equipados con escafandras, descienden hasta los pecios y recuperan lingotes de oro y plata, monedas y joyas. Al contemplar la escena, el profesor Aronnax comprende que Nemo acude a aquel lugar cuando necesita obtener recursos económicos.

¿Para qué utiliza Nemo el tesoro?

Nemo no acumula aquellas riquezas únicamente para enriquecerse. Explica que destina parte del dinero a ayudar a pueblos sometidos, personas necesitadas y movimientos de liberación. Aronnax relaciona concretamente esos fondos con el dinero enviado anteriormente por Nemo a los insurgentes de Creta.

En la ficción, el tesoro de Rande cumple así tres funciones.

En primer lugar, explica la extraordinaria fortuna del capitán Nemo.

También contribuye a financiar los viajes del Nautilus y permite que Nemo mantenga su independencia respecto al mundo terrestre. Sin embargo, el capítulo no afirma expresamente que el submarino se construyera únicamente con las riquezas recuperadas en Rande.

Finalmente, el tesoro permite a Nemo financiar las causas políticas y humanitarias que considera justas.

Julio Verne tomó la leyenda del tesoro de Rande y el ambiente creado por las expediciones reales que intentaron encontrarlo, como la organizada por Hipólito Magen, y los convirtió en una de las fuentes secretas de financiación del capitán Nemo.

La novela ofrece además una explicación irónica al fracaso de aquellas expediciones: los buscadores reales no encontraban la gran fortuna porque Nemo se les había adelantado. Gracias al Nautilus y a sus buzos, ya habría recuperado las riquezas ocultas bajo el mar.

La realidad histórica parece bastante menos espectacular. Todo indica que la mayor parte del oro y la plata transportados por la flota se descargó en tierra antes de la batalla. Por eso, el verdadero tesoro que permanece en Rande probablemente no sea una inmensa fortuna de metales preciosos, sino los propios pecios y su valor histórico y arqueológico.

La inteligencia artificial y el nuevo tesoro de Rande

La historia de Rande puede servir como metáfora de lo que está ocurriendo actualmente con la inteligencia artificial.

Muchas empresas buscan en la IA una riqueza inmediata. Compran herramientas, ponen en marcha proyectos piloto y anuncian transformaciones profundas. Pero disponer de un sistema de inteligencia artificial no equivale automáticamente a encontrar un tesoro.

Sin procesos bien definidos, datos de calidad, objetivos concretos y conocimiento técnico, la IA puede convertirse en una expedición costosa que solo consigue recuperar algunos restos. Puede producir demostraciones llamativas o resultados aislados, pero sin llegar a crear un valor real y sostenido para la organización.

El Nautilus no encontraba tesoros por casualidad. Nemo conocía el fondo marino, disponía de una tecnología adecuada y enviaba a sus buzos a lugares previamente identificados. Sabía qué buscaba, dónde debía buscarlo y qué medios necesitaba para recuperarlo.

Esa es también la diferencia entre aplicar correctamente la inteligencia artificial y limitarse a seguir una moda tecnológica. No basta con disponer de una herramienta potente. Antes hay que conocer el proceso, comprobar la calidad de los datos, definir el problema que se quiere resolver y establecer cómo se medirán los resultados.

La IA puede descubrir patrones, ordenar grandes cantidades de información y acelerar análisis que antes requerían muchas horas de trabajo. Sin embargo, también puede amplificar datos incorrectos, procesos mal diseñados y decisiones poco fundamentadas.

La inteligencia artificial no sustituye el conocimiento del ingeniero. Amplía su capacidad de análisis, pero también puede aumentar el alcance y la velocidad de sus errores.

La lección de Rande sigue vigente: cuanto mayor sea la promesa del tesoro, más rigurosa debe ser su comprobación. En ingeniería, el valor de la inteligencia artificial no se mide por lo que promete, sino por los problemas reales que resuelve, los resultados que demuestra y las decisiones que permite mejorar.

Toni Carmona

Ingeniero Técnico Industrial con amplia experiencia en Distribución Eléctrica, Planificación de Red, Smart Grids y Gestión de Proyectos. Escribo sobre energía, ingeniería, liderazgo y divulgación técnica desde la experiencia profesional.

También te puede interesar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir