El pulpo

el pulpo

Recuerdo que aquel día entré en la sala un poco despistado: era la sesión de “formación de formadores” —o algo por el estilo—, donde nos enseñaban a impartir clases a adultos para unos nuevos programas de para ingenieria de logistica y controling. La dinámica era curiosa: nos grababan hablando delante de una cámara y luego, en grupo, comentábamos qué tal había ido y cómo mejorar. El tema era libre, así que cada uno eligió algo que conociera bien. Cuando llegó mi nuevo futuro amigo —un administrativo de esos con los que sólo habia intercambiado un “hola” y un “adiós”——, no esperaba que su charla me volara la cabeza.

Él empezó con una mirada tan entusiasmada que enseguida me di cuenta de que aquello iba en serio: “Quiero hablaros de mi mascota… un pulpo”. Se encendió. Nos contó que aquel pulpo se llamaba Neptuno (así, con mayúscula) y vivía en un acuario transparente en su salón. Cada mañana, al despertarse, mi amigo lo saludaba golpeando suavemente el cristal, y Neptuno respondía cambiando de color, pasando de un grisáceo a un rojizo vivo como si dijera “¡buenos días!”.

Lo que más me impresionó fue cuando describió la inteligencia del bicho: “¿Sabíais que un pulpo tiene un cerebro gigantesco y, además, pequeños centros de decisión en cada brazo? —explicaba con los ojos brillando—. Yo le hablo, le pongo música clásica y a veces parece que mueve los tentáculos siguiendo el ritmo”. Nos mostró un par de fotos en la pantalla: en una, Neptuno estiraba un tentáculo hacia la cámara; en otra, había abierto un pequeño frasco de vidrio para sacar su propia comida.

Mi amigo detalló su rutina de cuidados: cambios de agua, esconder “tesoros” dentro de conchas para que Neptuno jugara buscando golosinas, y hasta un pequeño laberinto hecho con tubos de plástico que el pulpo recorría con una curiosidad que desafiaba cualquiera de nuestros prejuicios sobre los moluscos. “Es increíble —decía—, parece que te entiende cuando le das una orden simple, como ‘ven aquí’ o ‘búscalo’”.

Y entonces llegó el momento que me caló de verdad: describió cómo, al mirarse cara a cara a través del cristal, ambos sentían esa conexión tan fuerte que parecía casi mágica. Sus ojos se humedecían un poco al recordar cómo Neptuno giraba su cuerpo para observarlo directamente, como si devolviera el cariño con la misma intensidad.

Cuando terminó, no solo aplaudimos por cortesía, sino que me quedé con la piel de gallina. Aprendí que un pulpo no es solo un bicho extraño de octópodo: es un compañero que, con su inteligencia y su curiosidad, puede convertirse en un amigo de ocho brazos.

Desde aquel día, cada vez que pienso en enseñarle algo a alguien, recuerdo el brillo en los ojos de mi amigo al hablar de Neptuno… y me pregunto si yo también sabré transmitir la misma pasión.

Porque a través del vínculo profundo entre humano y molusco cefalópodo, descubrí que enseñar va más allá de la técnica: es transmitir pasión, generar conexión y despertar curiosidad.

Toni Carmona

Ingeniero Técnico Industrial con amplia experiencia como Responsable/Experto en Distribución Eléctrica. Especializado en gestión técnica, planificación de redes y Smart Grids. Interesado en divulgación técnica y en combinar conocimiento técnico y soft skills.

También te puede interesar...

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Subir