El apagón del 28 de abril: lecciones para un sistema eléctrico más resiliente

El 28 de abril de 2025, la red eléctrica española sufrió un apagón masivo que dejó a millones de usuarios sin servicio en todo el país. Aunque el informe oficial sobre las causas aún está pendiente, es crucial analizar desde este momento los factores que contribuyeron a este colapso para extraer valiosas lecciones técnicas y de planificación que sirvan para nuestro futuro energético.
Inicialmente, muchos mensajes públicos se apresuraron a aclarar que las energías renovables no fueron la causa directa del apagón. Sin embargo, un análisis más detallado revela que, si bien no originaron el fallo, su gran peso ese día en el sistema, sumado a la baja participación de la generación convencional, sí contribuyó decisivamente al desenlace.
Lo que en principio parecía un corte breve se transformó en un blackout histórico de alcance nacional, requiriendo horas de arduo trabajo para restablecer el servicio.
El Papel de las Energías Renovables en el Colapso
Todo apunta a que el apagón fue provocado por una serie de perturbaciones críticas que desestabilizaron rápidamente la red. Se señala como la más importante la desconexión de una subestación en Granada, aunque también se ha informado de incidentes relevantes previos en Sevilla y Badajoz. Las plantas solares y eólicas, al estar programadas para desconectarse automáticamente ante situaciones de inestabilidad, salieron de servicio en cascada. Esta desconexión dejó al sistema sin el soporte necesario para resistir, lo que aceleró el colapso.
La situación se vio agravada por una gestión del operador del sistema que resultó manifiestamente mejorable. Con una alta concentración de generación renovable en el sur y con un respaldo convencional limitado a unas pocas centrales en el centro y norte, cualquier perturbación en las líneas de interconexión entre estas zonas dejaba al sistema peligrosamente expuesto, creando una debilidad crítica. Y eso fue precisamente lo que ocurrió.
A esta fragilidad se sumó la magnitud del desequilibrio existente en el momento del colapso: aproximadamente un 78 % de la electricidad provenía de fuentes solar y eólica, principalmente ubicadas en el sur, frente a solo un 15 % generado por nucleares y ciclos combinados, tecnologías que sí aportan inercia y estabilidad a la red y que se encontraban operativas en el centro y norte de la península.
Como consecuencia directa, una perturbación en una subestación clave que enlazaba las líneas del norte con las del sur provocó la caída masiva de la producción renovable. Esto, a su vez, originó una sobrecarga y una nueva perturbación de tal magnitud que desencadenó la desconexión de las redes de soporte internacionales y, finalmente, la caída de todas las centrales eléctricas y redes del país.
Otra crítica que ha surgido es que las protecciones eran obsoletas, ya que, según esta visión, no lograron aislar la zona del fallo, lo que habría propiciado el colapso nacional. En mi opinión, es importante distinguir: las protecciones sí actuaron para proteger las instalaciones, cumpliendo su función básica. Cuestión distinta es si su diseño o configuración actuales son suficientes para aislar la zona del fallo y prevenir la propagación de una avería a todo el sistema. En este sentido, es evidente que requieren una mejora sustancial.
Es importante recalcar que las renovables no fueron la causa del fallo inicial. Sin embargo, su alto grado de penetración amplificó la vulnerabilidad de la red, especialmente cuando se combina con una gestión deficiente por parte del operador del sistema y protocolos que ya se consideraban obsoletos. Estos aspectos técnicos no deben interpretarse como una crítica a las renovables en sí mismas, sino como una llamada urgente a mejorar las condiciones de integración y resiliencia del sistema eléctrico. El objetivo debe ser una red capaz de operar con seguridad incluso en escenarios de alta generación renovable.
Contexto Económico y la Composición del Mix Energético
Una pregunta clave que surge es por qué había tan pocas centrales convencionales, como las nucleares o hidráulicas, operativas en ese momento. Estas plantas podrían haber amortiguado el fallo crítico, sobre todo si hubieran estado más próximas a la zona donde se concentraban las renovables, y quizás evitado que toda la península ibérica se quedara sin suministro eléctrico.
Parte de la respuesta reside en el funcionamiento del mercado eléctrico. El sistema de precios actual prioriza la entrada de las fuentes más baratas —principalmente renovables, cuyo coste marginal es casi cero—, lo que desplaza a las tecnologías convencionales, que suelen tener costes fijos más elevados. Como resultado, en ciertos momentos del día, la red queda prácticamente en manos de fuentes como la eólica y la solar, que no disponen de capacidad propia para mantener la estabilidad del sistema, lo que en este caso redujo significativamente la capacidad de reacción ante contingencias graves. Este escenario acentúa la necesidad de actualizar los protocolos para disponer de un sistema más estable y de analizar las inversiones futuras que requiere la red.
Este fenómeno subraya que la transición energética no es solo un desafío técnico, sino también económico y regulatorio. Las señales de mercado deben equilibrar el objetivo de obtener energía asequible con la necesidad imperante de mantener la estabilidad del sistema. Si no se logra este equilibrio, existe el riesgo de que se repitan eventos de colapso, especialmente si las decisiones sobre el sistema eléctrico se toman sin suficientes consideraciones técnicas y priorizando criterios ajenos a la operación segura de la red.
Lecciones clave para fortalecer la red
El apagón del 28 de abril nos deja varias enseñanzas:
- Revisión de protocolos y protecciones: Es necesario revisar los protocolos de protección del sistema eléctrico y las interconexiones con Francia y Marruecos. Estos aún responden a esquemas diseñados para un mix energético dominado por centrales convencionales. Se debe invertir en la digitalización y mejora de estas protecciones e interconexiones a corto y medio plazo.
- Equilibrio en el mix energético: Es crucial mantener un equilibrio adecuado en el mix energético, permitiendo que las renovables operen en armonía con fuentes convencionales que aporten respaldo y estabilidad.
- Revisión de incentivos económicos: Es fundamental revisar los incentivos económicos y las reglas de mercado para asegurar que la planificación energética no solo considere los costes marginales, sino también la resiliencia y estabilidad del sistema.
- Inversión en la red actual para generación distribuida: Si bien actualmente no se permite conectar más generación renovable de la que la red puede tolerar —lo que limita el despliegue de las renovables en algunos territorios—, será necesario invertir en la infraestructura de la Red Eléctrica actual para poder acoger una mayor generación renovable distribuida en el futuro.
- Inversión en tecnologías de soporte: A largo plazo, para sustituir las tecnologías de generación basadas en combustibles fósiles o nucleares, es necesario incrementar la inversión en tecnologías de soporte. Esto incluye sistemas de almacenamiento con capacidad de formar red, soluciones de inercia sintética y generación gestionable. Es importante tener en cuenta que algunas de estas tecnologías, como la inercia sintética o digital, aún están en una fase muy incipiente y requieren un largo camino antes de ser efectivas a nivel de la red de transporte (MAT) o de distribución (AT). n energética considere no solo los costes marginales, sino también la resiliencia del sistema.
Que hemos aprendido:
La transformación hacia un sistema energético más limpio y renovable es un objetivo indiscutible para afrontar los desafíos climáticos. Sin embargo, alcanzar este objetivo requiere anticiparse a las complejidades técnicas y económicas que implica. El apagón del 28 de abril es un claro recordatorio de que la integración masiva de renovables debe ir acompañada de una planificación cuidadosa y actualizaciones normativas que garanticen un suministro eléctrico estable y seguro, respaldadas por las inversiones adecuadas.
Solo con un enfoque integral —que combine sostenibilidad, resiliencia y viabilidad económica— será posible construir un futuro energético sólido, capaz de aprovechar al máximo el sol y el viento sin comprometer la estabilidad de la red.
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