No necesitamos que venga nadie de fuera a decir que va a arreglar algo que aquí nunca se ha roto

Hay frases que parecen una reacción de orgullo, pero en realidad esconden una idea seria de ingeniería, territorio y sentido común.
No necesitamos que venga nadie de fuera a decir que va a arreglar algo que aquí nunca se ha roto.
No significa rechazar la ayuda externa, ni cerrarse al cambio, ni negar la necesidad de transformar el modelo energético. Significa algo más básico: antes de venir a arreglar, transformar o “salvar”, hay que demostrar que el problema está bien diagnosticado, que la solución es proporcional y que quien soporta el impacto también participa en la decisión.
Diagnosticar desde lejos
Todos hemos visto esa situación: alguien llega de fuera con una presentación impecable y una promesa clara: “venimos a transformar esto”.
Transformar suena bien. El problema aparece cuando se piensa que algo está mal solo porque no se entiende desde fuera.
Muchas veces, lo que parece lento o antiguo tiene una explicación: normativa, recursos, experiencia, riesgos o decisiones que han mantenido el sistema funcionando.
En ingeniería, no todo lo raro está mal. A veces solo está adaptado al terreno.
Mejorar no es borrar lo existente. Es analizar, reforzar y conservar lo que funciona. Antes de arreglar algo, conviene preguntarse:
¿Está roto o solo no encaja con la solución que alguien quiere vender?
La segunda derivada: transformar el territorio de otros
La primera versión del problema es conocida: alguien viene de fuera a decirte que lo tuyo está mal.
La segunda derivada es más delicada: alguien viene de fuera a decirte que tiene que transformar tu territorio por el bien común.
Y aquí entramos en terreno sensible. La transición energética es necesaria. Catalunya necesita renovables, almacenamiento, flexibilidad, eficiencia y menos dependencia exterior. Eso no se discute.
Lo que sí se discute es cómo, dónde, quién decide y quién soporta el impacto.
Las grandes ciudades consumen mucha energía, pero tienen poco suelo disponible. Las comarcas rurales tienen más espacio, pero no siempre reciben proporcionalmente los beneficios de aquello que soportan: parques renovables, líneas eléctricas, accesos, ocupación de suelo, impacto paisajístico o cambios en el modelo territorial.
Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿Estamos haciendo transición energética o estamos externalizando impactos?
No es una pregunta contra las renovables. Es una pregunta a favor de hacerlas bien.
Si una instalación renovable se plantea como imposición, pierde legitimidad. Si se explica tarde, genera rechazo. Si se decide lejos del territorio, parece una nueva forma de centralismo energético, aunque venga envuelta en palabras verdes.
El Berguedà no es una anécdota local
El conflicto del Berguedà no es una anécdota local. Es, probablemente, el prólogo del nuevo choque territorial de la transición energética.
De un lado aparecen la Generalitat, el PLATER, de otra el estado, las ZAR (Zonas de Aceleración Renovable) y los grandes objetivos de descarbonización. Del otro, los municipios, los consells comarcals, la pagesia y el territorio vivido: la gente que no mira el mapa desde un despacho, sino desde la ventana de su casa, desde el camino agrícola o desde el paisaje que forma parte de su vida cotidiana.
Catalunya necesita renovables, sí. Pero los pueblos no quieren ser solo el lugar donde se instalan los megavatios que otros consumen.
Una cosa es contribuir al bien común y otra muy distinta es convertirse en zona de sacrificio.
La polémica sobre La Baells, el despliegue renovable previsto en el PLATER y el debate sobre las ZAR forman parte de una misma pregunta de fondo:
¿Quién decide, quién consume, quién soporta el impacto y quién recibe los beneficios?
Si esa pregunta no se responde bien, la transición energética perderá legitimidad precisamente allí donde necesita territorio para hacerse realidad.
Renovables sí, pero no así

No basta con decir que una actuación es estratégica. Hay que explicar por qué se elige ese lugar, qué alternativas se han comparado, qué impactos se aceptan, cuáles se mitigan y qué retornos quedan realmente en la comarca.
Porque si no, el mensaje que llega al territorio es muy simple:
“Vosotros ponéis el paisaje, el suelo, las líneas y las servidumbres; otros ponen los objetivos, el consumo y la decisión.”
Y ese modelo, por muy verde que se pinte, difícilmente será justo.
La transición energética no puede construirse contra los pueblos. Tiene que construirse con ellos. Y eso exige respeto, escucha, compensación real, participación temprana y capacidad de corregir antes de imponer.
Lo que pide la ingeniería
Aquí la ingeniería tiene mucho que decir.
Una buena transformación no empieza con una solución. Empieza con un diagnóstico compartido.
Antes de actuar, hay que medir. Antes de imponer, hay que escuchar. Antes de escalar, hay que corregir. Antes de decidir, hay que comparar alternativas.
Aplicado al territorio, eso significa no tratar una comarca como una simple superficie disponible en un mapa. Un territorio no es una hoja en blanco. Tiene historia, economía, paisaje, población, actividad agrícola, memoria industrial, límites ambientales y expectativas de futuro.
Si todo eso no entra en el análisis, el proyecto podrá ser técnicamente brillante, pero socialmente torpe. Y un proyecto socialmente torpe acaba siendo un proyecto frágil.
Que podemos aprender
No necesitamos que venga nadie de fuera a decir que va a arreglar algo que aquí nunca se ha roto.
Y tampoco necesitamos que se nos diga que transformar un territorio es inevitable sin explicar antes todas las opciones, costes y riesgos.
Renovables, sí. Almacenamiento, también. Transición energética, sin duda.
Pero no a costa de convertir unos territorios en zona de sacrificio para que otros puedan seguir consumiendo sin hacerse preguntas.
El Berguedà no está diciendo simplemente “no” a la transición energética. Está diciendo algo bastante más serio: la transición energética no puede hacerse como si el territorio fuera solo una superficie disponible en un mapa.
Como diría mi abuelo: antes de cambiar una comarca desde un despacho, baja al terreno, pisa el barro, mira el mapa con la gente de allí y pregunta si la solución arregla un problema… o crea uno nuevo.

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