Guardianas Del Nido: La Naturaleza Nos Enseña

Hola, amigos:
Esta mañana, mientras saboreaba tranquilamente un café y dejaba que el día despertara a su propio ritmo, me llegó desde el exterior el graznido áspero de una urraca. Fue un sonido inesperado, de esos que rompen el silencio y despiertan la curiosidad. No es algo que se escuche a menudo junto a mi casa, así que me levanté y me acerqué a la ventana.
Al asomarme, no vi a la urraca. Lo primero que llamó mi atención fueron dos pichones, dos de esas palomas de campo que frecuentan los árboles y los márgenes tranquilos de los caminos. Permanecían inmóviles, vigilantes, como si custodiaran un secreto. Sus miradas estaban fijas en un árbol cercano donde habían construido su nido.
Entonces la vi.
La urraca se movía entre las ramas con la cautela de quien explora un territorio ajeno. No parecía tener prisa. Observaba, saltaba de una rama a otra y se acercaba poco a poco al lugar donde se encontraba el nido. Los dos pichones seguían cada uno de sus movimientos con una atención absoluta.
De repente, como impulsados por una misma voluntad, emprendieron el vuelo. Salieron tras ella con una determinación que no habría imaginado. La urraca se alejó, pero al cabo de unos instantes regresó. Y de nuevo los pichones la persiguieron. Una y otra vez se repitió aquella escena: el acecho, la vigilancia, la carrera aérea, el retroceso y el regreso.
Durante un buen rato el cielo fue escenario de aquella pequeña batalla silenciosa. Al final, la urraca pareció darse por vencida y desapareció en la distancia. Los pichones regresaron entonces a las proximidades de su árbol, recuperando la calma como dos guardianes que han cumplido con su deber.
Mientras observaba la escena, pensé en lo fácil que es pasar por alto las lecciones que la naturaleza nos ofrece cada día. Aquellas aves, aparentemente sencillas y discretas, me recordaron que el valor no siempre pertenece a los más fuertes ni a los más temidos. A veces nace simplemente del amor por lo que queremos proteger.
Haiku
Grazna la urraca,
dos pichones alzan vuelo,
tiembla el silencio.
Reflexión
Quizá la vida no se mide por el tamaño de nuestras alas ni por la fuerza que creemos tener, sino por aquello que decidimos proteger. Aquella pequeña escena me recordó que todo ser vivo encuentra dentro de sí un coraje inesperado cuando ama algo más que a sí mismo.
Y tal vez esa sea una de las verdades más hondas de la naturaleza: que el amor no elimina el miedo, pero le da un sentido. Por eso, incluso las criaturas más humildes son capaces de desafiar lo que parece más grande que ellas. Porque hay nidos que valen más que cualquier huida.

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