Del FOMO al JOMO: el placer de no hacer nada

Del FOMO al JOMO: el placer de no hacer nada
Durante buena parte de mi vida profesional he intentado organizar mejor el tiempo: planificar, priorizar, hacer listas, gestionar proyectos, reducir tareas pendientes y sacar mejor partido de cada jornada.
Y funciona.
Organizarse ayuda cuando uno tiene proyectos, reuniones, correos, problemas urgentes y decisiones que tomar. El orden permite concentrarse en lo importante y evita que demasiadas cosas terminen compitiendo al mismo tiempo por nuestra atención.
Pero hay una pregunta que cada vez me parece más interesante:
¿Qué ocurre cuando trasladamos esa misma necesidad de aprovechar el tiempo a nuestro tiempo libre?
Quizá llega un momento en el que conviene aprender justamente lo contrario: dejar algunos espacios sin optimizar.
FOMO: la sensación de que siempre está pasando algo
FOMO viene de Fear of Missing Out: el miedo a perderse algo.
Normalmente lo relacionamos con las redes sociales, aunque creo que el fenómeno va bastante más allá.
Siempre parece quedar algo pendiente: un mensaje que deberíamos contestar, una noticia que todavía no hemos leído, un vídeo interesante, un curso que queremos hacer, un artículo guardado para después o un grupo de WhatsApp que sigue acumulando mensajes.
Incluso el ocio puede acabar convirtiéndose en una lista de obligaciones.
Hay que viajar. Hay que salir. Hay que aprovechar el fin de semana. Hay que leer. Hay que hacer deporte. Hay que mantenerse informado.
Y cuando aparece un rato libre, casi automáticamente aparece también el teléfono.
No necesariamente porque necesitemos consultar algo, sino porque hemos ido perdiendo parte de nuestra capacidad para estar, sencillamente, sin hacer nada.
JOMO: disfrutar de lo que decides perderte
Frente al FOMO aparece otro concepto: JOMO, Joy of Missing Out.
Podríamos traducirlo como el placer de perderse cosas.
No significa aislarse, renunciar a la tecnología ni dejar de interesarse por lo que ocurre. Tampoco supone convertirse en una persona pasiva.
Para mí significa algo mucho más sencillo: aceptar que no podemos estar en todo y que tampoco necesitamos estarlo.
Puedo no leer todas las noticias.
Puedo dejar algunos mensajes para mañana.
Puedo rechazar un plan sin buscar inmediatamente otro que ocupe su lugar.
Puedo pasar una tarde sin tener nada previsto.
Y, sobre todo, puedo hacerlo sin sentir que estoy desperdiciando el tiempo.
Cuando hasta descansar tiene que ser productivo
El problema no está en organizarse, utilizar una agenda o hacer una lista de tareas. Todas esas herramientas pueden ser extraordinariamente útiles.
La dificultad aparece cuando empezamos a sentir que incluso nuestro tiempo libre tiene que producir algún resultado.
Entonces terminamos intentando optimizar también el descanso.
Programamos cuándo caminar, cuánto leer, cuántos pasos dar, cuánto dormir, qué serie ver o qué actividad realizar durante el fin de semana. Medimos cosas que antes simplemente hacíamos.
Incluso podemos sentir cierta satisfacción al marcar como completada una tarea llamada «descansar».
La paradoja es bastante evidente: las herramientas que utilizamos para liberar tiempo pueden terminar llenando hasta el último hueco disponible.
¿Sabemos realmente utilizar el tiempo libre?
Tenemos tiempo libre, pero eso no significa necesariamente que sepamos dejarlo libre.
Muchas veces hacemos con él lo mismo que con el trabajo: lo llenamos.
El fin de semana parece necesitar planes. Las vacaciones tienen que aprovecharse. Una tarde libre pide enseguida alguna actividad. Y si aparece una hora sin nada previsto, el móvil se encarga con bastante eficacia de ocuparla.
Así, el tiempo libre corre el riesgo de convertirse en otra agenda, solo que formada por tareas más agradables.
Quizá confundimos disfrutar del tiempo con llenarlo.
Una tarde puede ser estupenda sin que haya ocurrido nada especial. Un paseo no necesita destino. Un café no exige una pantalla delante. Y una hora sin planes no tiene por qué ser una hora perdida.
Puede ser, sencillamente, una hora libre de verdad.
No hacer nada también se aprende
No propongo pasar los días mirando al techo.
Tener proyectos, aprender, escribir, viajar, hacer ejercicio o mantener una vida social activa forma parte de disfrutar del tiempo. Yo mismo difícilmente entendería mi vida sin muchas de esas cosas.
Pero entre una actividad y la siguiente quizá convenga conservar algunos espacios vacíos.
Salir a caminar sin objetivo.
Tomarse un café sin sacar inmediatamente el móvil.
Sentarse diez minutos sin aprovecharlos para escuchar un podcast.
Dejar una mañana sin planificar.
Aburrirse, incluso.
El aburrimiento, que durante mucho tiempo hemos tratado casi como un enemigo que había que eliminar, puede ser precisamente el espacio en el que aparecen pensamientos que nunca encuentran sitio cuando estamos permanentemente ocupados.
No porque aburrirse tenga que servir necesariamente para algo. Convertir el aburrimiento en otra técnica de productividad sería caer otra vez en la misma trampa. Basta con admitir que no todo momento necesita estar ocupado.
De gestionar el tiempo a decidir qué merece nuestro tiempo
Quizá el paso del FOMO al JOMO tenga menos que ver con hacer menos que con decidir mejor a qué queremos dedicar nuestra atención.
Estamos acostumbrados a pensar que gestionar bien el tiempo significa aprovecharlo. Sin embargo, aprovecharlo no debería significar necesariamente ocuparlo.
Podemos decidir que durante un rato no queremos obtener ningún resultado medible. Que no vamos a aprender nada, avanzar en ningún proyecto, completar ninguna tarea ni mejorar ninguna habilidad.
Simplemente estaremos ahí.
Después de tantos años buscando maneras de aprovechar mejor cada minuto, empiezo a pensar que una de las habilidades que más cuesta adquirir es precisamente la contraria: ser capaz de dejar algunos minutos completamente desaprovechados y disfrutarlos sin remordimientos.
Tal vez ese sea uno de los lujos del tiempo libre: no conseguir tener más horas, sino lograr que algunas de ellas permanezcan realmente libres.
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